¡Qué onda, banda de Sala 404! Esta semana el mundo de la tecnología nos trae un cóctel de noticias que parecen sacadas del guion de un capítulo de Black Mirror, pero con el toque bizarro que solo la vida real nos puede dar. Agárrense porque hay chismecito del bueno. ¿Se acuerdan de Dug, el perrito de la película Up de Pixar que hablaba gracias a su collar? Pues dejen de soñar porque la ciencia ficción ya nos alcanzó. Una startup china respaldada por Alibaba Cloud acaba de lanzar Peryat, un collar inteligente que cuesta 190 dolaritos y promete traducir los ladridos de tu Firulais o los maullidos de tu Karencio con un 95% de precisión. Este gadget no es cualquier cosa; viene equipado con cámaras, sensores y está impulsado por el modelo de inteligencia artificial Qwen. En menos de dos segundos, el collar analiza el audio, la postura de tu mascota y su entorno para soltarte frases en lenguaje humano. La neta, es un avance loquísimo que nos hace pensar cuántas veces nuestro gato nos ha estado insultando en secreto. Y ojo, que los creadores prometen futuras actualizaciones para lograr una traducción bidireccional, o sea, para que el perro también entienda tus dramas.
Pero bueno, no todo en el futuro es color de rosa y perritos platicadores. En las calles de Estados Unidos se está armando una verdadera revolución vial, y no precisamente de las buenas. Resulta que el despliegue de Robotaxis de compañías pesadas como Waymo, Tesla y Zoox está provocando un caos de proporciones bíblicas en varias zonas residenciales. Imagínense el coraje: vas tarde a la chamba y te topas con que cuatro coches sin chofer decidieron bloquear una intersección porque sus algoritmos se confundieron con una llovizna o un cono de tránsito. La inteligencia artificial automotriz está demostrando que, aunque puede procesar millones de datos por segundo, todavía le falta algo fundamental: el sentido común. La situación ha llegado a tal grado de frustración que los vecinos han empezado a organizar barricadas y a sabotear los sensores de estos vehículos para evitar que pasen por sus calles. Parece que la “revolución autónoma” va a tener que regresar a la escuela de manejo antes de apoderarse de nuestras ciudades.
Cambiando de aires hacia el lado del internet y los creadores de contenido, el legendario PewDiePie acaba de dar un golpe en la mesa sobre cómo manejamos nuestros datos con el lanzamiento de Odiseus. En una época donde todas las empresas tecnológicas quieren subir hasta nuestros pensamientos a la nube para entrenar sus modelos, este entorno de IA local es una bocanada de aire fresco. Odiseus está diseñado para la privacidad extrema, permitiendo a los usuarios procesar documentos gigantescos, analizar datos sensibles y tener chats directamente en el hardware de su propia computadora. ¿Lo mejor? Cero suscripciones mensuales y cero filtraciones a corporaciones gigantes. Es una solución pensada para aquellos que necesitan el poder de la inteligencia artificial, pero que no están dispuestos a venderle su alma (ni sus archivos privados) a las grandes tecnológicas. Un verdadero triunfo para la descentralización del software.
Y agárrense los cinéfilos de hueso colorado, porque esta noticia sí que rompe paradigmas. El legendario Martin Scorsese, el mismo que defiende a capa y espada el cine tradicional y tira pestes contra las películas de superhéroes, acaba de hacer una alianza impensable: se unió como asesor a Black Forest Labs, los genios detrás del generador de imágenes Flux. ¿El objetivo? Automatizar y revolucionar la creación de storyboards. En lugar de depender exclusivamente de artistas dibujando a mano cuadro por cuadro durante meses, Scorsese planea usar generaciones instantáneas mediante texto para visualizar sus escenas de preproducción. Es fascinante ver cómo un director de su calibre y purismo entiende que la Inteligencia Artificial Generativa no tiene por qué reemplazar el alma del cine, sino que puede ser una herramienta brutal para optimizar tiempos y bajar los costos astronómicos de la preproducción en Hollywood. Si Scorsese ya le dio el visto bueno, los demás cineastas no van a tardar en subirse al barco.
Finalmente, hablemos de los billetes grandes, porque la economía de la IA está alcanzando cifras que marean. Por un lado, tenemos a Anthropic, los creadores del poderoso modelo Claude, preparando en secreto su salida a bolsa (IPO) después de levantar una ronda salvaje de 65,000 millones de dólares, apuntando a una valoración de casi un billón de dólares para hacerle frente a OpenAI. Y por el otro, está el tío Elon Musk, quien está a punto de convertirse en el primer “trillonario” (o billonario en español) del mundo, rondando los 970,000 millones de dólares de fortuna. ¿El secreto? SpaceX. La compañía espacial le dio un giro a su negocio y ahora está rentando 110,000 GPUs de Nvidia por la nada despreciable cantidad de 920 millones de dólares mensuales a gigantes como Google y la misma Anthropic. Musk convirtió sus instalaciones en el pilar físico de procesamiento global, demostrando que en la fiebre del oro de la IA, el que más gana es el que vende las palas. Y para rematar, Demis Hassabis, CEO de Google DeepMind, ya nos avisó en Stanford que la Inteligencia Artificial General (AGI) —ese momento donde las máquinas superan la capacidad cognitiva humana— podría llegar en tan solo cuatro años, para el 2030. Así que vayan haciendo las paces con sus tostadoras, porque la singularidad ya está a la vuelta de la esquina.

